Hace una semana que mi madre se ha sacado el carnet de conducir. Tengo que ir a Carrefour, es urgente. Demasiado cerca para coger un autobús, demasiado lejos para ir caminando. Llevo horas meditándolo, haciendo un repaso mental de mi existencia.
He tenido una buena vida, he hecho el amor con mujeres con las que muchos hombres soñarían. He vivido sin prisas, sentándome a contemplar el mundo cuando lo he creído conveniente. He reído, mucho. También he sufrido, y he abrazado ese dolor en lugar de rechazarlo porque él me ha hecho valorar los buenos momentos. He viajado a pie, sin más equipaje que el cabe en una mochila, sufriendo las inclemencias del tiempo, conociendo cada piedra y árbol del camino, hablando con sus gentes, esas que nunca conocerías de haber viajado en coche, avión o tren. Nunca me ha importado el que dirán, y eso me ha hecho ser dueño de mis decisiones. He conocido la auténtica amistad, esa a la que puedes llamar un martes a las cuatro de la madrugada si la situación lo requiere.
Así que voy a hacerlo, voy a ir con mi madre a Carrefour. Ella me dio la vida. Ella me la va a quitar. No tengo miedo, he tenido una buena vida. Me parece justo.